Un año que pesa
Cuando llega junio, muchas madres y padres exhalamos. Un año entero de gestionar agendas, revisar adaptaciones curriculares, acudir a reuniones en el colegio o el instituto, coordinar terapias, acompañar tareas, explicar, adaptar, negociar. Un año de estar prestando mucha atención para que nuestros hijos e hijas no se queden atrás, de lidiar con bajas de PT, TIS y otras especialistas sin sustitución, de gestionar situaciones de bullying, de enfrentarnos al cansancio acumulado de tener que explicar —una y otra vez— quiénes son nuestros hijos o hijas, qué necesitan, y por qué merecen lo mismo que las demás personas.
Todo eso mientras intentamos sostener también un trabajo remunerado. O mientras asumimos que, en algún momento, tuvimos que reducirlo, renunciar a él o simplemente dejar de tenerlo. Porque la conciliación, en muchas de nuestras familias, es un eufemismo.
Y entonces llega el verano.
Las vacaciones de verano… ¿vacaciones para quién? Las personas que cuidamos, nos reímos con una mezcla de complicidad y agotamiento cuando alguien nos lo pregunta.
La trampa de la productividad
Casi sin darnos cuenta, empezamos a planificar el verano con la misma lógica del curso escolar: qué hacemos para que no pierdan lo aprendido, qué actividades les mantendrán estimulados, cómo organizamos las horas para que el tiempo libre no se convierta en caos. La lista empieza a crecer: repasos, rutinas, actividades estructuradas, campamentos inclusivos si hay suerte y los hay accesibles...
Y aquí me quiero detener. Porque antes de seguir planificando, me parece importante hacernos una pregunta:
¿Cuál es, de verdad, nuestra meta para este verano?
La respuesta que más escucho —y la que yo misma me he hecho— tiene mucho que ver con no perder lo ganado, con mantener el nivel, con preparar septiembre. Es una respuesta comprensible, nacida del amor y también del miedo: el miedo a que el sistema, que ya de por sí les exige demasiado, les penalice aún más si bajan el ritmo.
Pero me pregunto si esa lógica, tan válida durante el curso, necesita seguir siendo la misma cuando llega julio.
Lo que nuestros hijos e hijas han cargado este curso
Nuestros hijos e hijas no han pasado nueve meses simplemente aprendiendo contenidos. Han hecho algo mucho más exigente: han intentado encajar en entornos que no están diseñados para ellos. Han gestionado sensaciones, emociones e interacciones que para muchos niños, niñas y adolescentes son automáticas y que para ellos requieren un esfuerzo consciente y sostenido.
Muchos han enmascarado sus rasgos autistas durante todo el curso —han suprimido sus estereotipias, han forzado el contacto visual, han seguido normas sociales que no les son naturales— para sobrevivir al día a día escolar. Ese enmascaramiento tiene un coste real: agotamiento profundo, ansiedad acumulada, desconexión de uno mismo.
Han aguantado entornos ruidosos y sensorialmente sobrecargados. Han afrontado cambios de rutina sin previo aviso. Han lidiado, en muchos casos, con la incomprensión de compañeros y compañeras y a veces de personas adultas. Quizás han soportado situaciones de acoso. Y han hecho todo esto, muchas veces, sin que nadie fuera plenamente consciente del esfuerzo que les costaba.
El cansancio de nuestros hijos e hijas al llegar al verano no siempre es visible. Pero está ahí.
Antes de preguntar qué van a hacer este verano, quizás la pregunta más honesta sea: ¿qué necesitan para recuperarse?
El disfrute también es aprendizaje
Hay una idea que me gusta recuperar cuando llega el verano, y que a veces se nos olvida en medio de tanta planificación: el juego libre, el descanso genuino, el aburrimiento incluso, son parte esencial del desarrollo. No son el tiempo que sobra entre actividades útiles. Son, en sí mismos, una forma de aprender.
Cuando un niño, niña o adolescente tiene tiempo libre de verdad —sin que ese tiempo esté inmediatamente estructurado por una persona adulta— puede reconectar con sus propios intereses, regular su sistema nervioso, recuperar energía. Para los chicos y chicas autistas, que han pasado meses adaptándose al ritmo y las demandas de las demás personas, ese espacio de reconexión con uno mismo o misma puede ser especialmente reparador.
Esto no significa que el verano deba ser un vacío total. Significa priorizar de forma realista y compasiva.
Tiene sentido mantener algunas rutinas básicas, porque la estructura sigue siendo un apoyo importante para muchos de nuestros hijos e hijas. Pero que esa rutina tenga espacio para el disfrute, para los intereses propios, para hacer nada si es lo que necesitan ese día —sin que eso se convierta en una regla.
Tiene sentido reconocer el esfuerzo que han hecho durante el año. Y aquí quiero subrayar algo: el esfuerzo no es lo mismo que las calificaciones finales. Podemos decírselo. Celebrarlo con ellos y ellas desde lo que a cada uno le hace sentir bien, no desde lo que creemos que debería hacerles sentir bien.
Una reflexión sobre las exigencias
Entiendo el miedo a que se pierda lo trabajado. Lo entiendo porque yo también lo he sentido. Pero cuando llevamos ese miedo demasiado lejos, corremos el riesgo de convertir el verano en una extensión del curso, y de transmitir a nuestros hijos e hijas un mensaje que no queremos transmitir: que su valor depende de su rendimiento, que el descanso hay que ganárselo, que no hay tiempo para simplemente ser.
Nuestros hijos e hijas autistas ya reciben demasiados mensajes de ese tipo del mundo que les rodea. El verano puede ser una oportunidad para ofrecer algo diferente: un tiempo donde se sientan válidos y queridos por lo que son, no por lo que producen.
El disfrute no es lo opuesto al aprendizaje… es aprender que en la vida hay que disfrutar.
La meta del verano
Si tuviera que resumirla en pocas palabras, diría: que el verano sea un espacio donde nuestros hijos e hijas puedan descansar, disfrutar y reconectar con lo que les gusta, a su manera. No se trata de que aprovechen cada hora. Se trata de que este verano, la meta principal sea el bienestar.
Porque eso también es aprender. Y eso también importa.

