Una historia sobre maternidad imperfecta —o perfectamente humana— y esas decisiones que no aparecen en los manuales.
Hoy me he animado a escribir sobre mi vivencia como madre de un peque autista de 9 años. Llevo días queriendo hacerlo, buscando el rato y recordando esas historias donde aprendo, a partes iguales, como madre y como profesional.
Algunas madres a las que acompaño me preguntan: “¿Cómo lo haces?” Y detrás de esa pregunta a veces leo otra cosa: que debo ser “una madre perfecta”, que no comete errores, y menos siendo psicóloga. Pero eso no existe. Y aquí nace mi propia reivindicación: visibilizar a las madres de hijos e hijas autistas o con otra diversidad funcional que también “la lían”, que meten la pata, aprenden de sus errores y siguen tratando de mejorar.
Porque soy la profesional que apoya a otras familias, pero también soy madre. Tengo días alegres, positivos. Y tengo días duros, difíciles, donde lloro. Como psicóloga aprendo cada día: hay jornadas donde veo soluciones claras y otras donde tengo que sentarme a pensar, a investigar, porque no tengo respuesta para todo y también me equivoco. Me pasa lo mismo con las familias que acompaño: vemos los retos juntas, pensamos estrategias, vamos aprendiendo en el camino. Hay momentos difíciles y otros donde celebramos los avances. Creo que ahí está mi fortaleza.
Y sin más, os comparto una de mis historias como madre.
Estoy descansando en el sofá de casa. José juega en su habitación. Me escriben por WhatsApp para organizar una actividad de la Asociación Fuenla Incluye. Mientras coordinamos, oigo a José correr del cuarto al baño, ida y vuelta, riéndose. Sigo con lo mío. José se lo está pasando bien, ¿no? No hay nada de qué preocuparse... Pero José sigue yendo y viniendo. Entonces escucho, clarísimo, el sonido de una ventana abriéndose —tenemos tope de seguridad, pero siempre hay que estar pendiente—. Corre del baño a su cuarto, esa risilla suya que ya conozco tan bien. Pienso: “José la está liando”. Voy hacia el dormitorio.
Veo agua por el pasillo y por toda la habitación. La ventana, abierta. Y en ese instante siento a José detrás de mí, viniendo del baño. Me giro. Ahí está: sonrisilla en la cara, un guante de látex en la mano, mojado.
Pongo mi “cara de mamá seria”. José abre la boca, empieza a esbozar una sonrisa que no termina de salir, esperando mi reacción para saber qué consecuencia toca. Llevamos años entendiendo nuestra comunicación no verbal, tenemos nuestros propios códigos. Y él sabe que mi cara seria, cuando hay juegos de agua o la casa se mancha, se convierte en enfado.
Pero esta vez no pude enfadarme. Ver a José sonriente, mojado, sosteniendo ese guante que soltaba agua, la ventana entreabierta, las cuatro de la tarde, una ola de calor en España... me llevó directa a mi infancia, a las travesuras del pueblo, a cuánto nos gustaba mojarnos y gastar bromas a nuestras amistades y mayores. Y pensé en todo el proceso cognitivo que hay detrás de esto para una persona autista: planificar, ejecutar, reconocer la emoción en la cara de su madre, anticipar una consecuencia. Había tantísimo en esa “trastada” que a veces parece impensable en una persona autista. Y también sabía que nadie paseaba bajo mi ventana con ese calor, y que si le caían unas gotitas, no le iba a hacer daño a nadie. No lo pude evitar: empecé a reír. José, al verme, se echó a reír también. Nos acercamos, nos abrazamos, seguimos riendo.
Confieso que en algún momento pensé: “si me río, voy a reforzar esta conducta”. Pero lo dejé pasar, porque para mí pesaban más las cosas positivas que estaba viviendo. Seguramente ese pensamiento también habría sido “el consejo profesional correcto”... y aun así elegí las risas y el abrazo.
Después de reírnos un buen rato, nos levantamos y recogimos juntos, tranquilamente. Escondí los guantes y no ha vuelto a repetirlo en casa. Eso sí, cada vez que ve un guante de látex en un hospital, lo quiere, lo guarda... y ya sabemos para qué: para ir directo a un grifo y llenarlo en cuanto pueda. Ahora su padre y yo estamos alrededor para evitarlo en casa. Pero en la calle, a veces, le permitimos ese juego: le llenamos uno, se lo atamos bien, aguantan mucho sin explotar y José se entretiene un buen rato.
Esa tarde no seguí “el manual”. Elegí el abrazo y la risa compartida. Y sigo pensando que fue una buena decisión.
Cuento esta historia porque quiero acabar con la idea de la madre perfecta, sacrificada, la “madre coraje” que todo lo aguanta y nunca se equivoca. Esa imagen no nos ayuda, nos hace daño: es una meta inalcanzable, porque somos humanas.
A veces seguimos la pauta “correcta”. A veces elegimos la risa en lugar del protocolo. A veces cometemos errores y aprendemos de ellos. Y en esa mezcla —no en la perfección— está la crianza real.
¿Cuál ha sido vuestra última “metida de pata” con más ternura que culpa? Esa vez que dejasteis de lado “lo que tocaba hacer” y elegisteis otra cosa —y no pasó nada, o incluso salió mejor—.
Contádmelo en Instagram o escribiéndome. Me encantaría que este espacio se llenara de esas historias que no salen en los manuales de crianza, pero que son las que muchas veces nos sostienen.

