La autonomía de nuestros hijos e hijas no puede medirse con el mismo rasero para todas las infancias
Cada mañana, muchas familias libran una pequeña batalla. Levantarse, desayunar, lavarse los dientes, vestirse, coger la mochila y llegar al cole a tiempo. Una secuencia que parece sencilla en un papel y que, en la vida real, puede convertirse en un laberinto de resistencias, olvidos, lágrimas y agotamiento. Y cuando en casa hay una niña o un niño autista u otra diversidad funcional, esa batalla puede sentirse todavía más solitaria.
Yo acompaño a madres, padres y cuidadoras principales en este camino. Y también lo vivo desde dentro, porque soy madre de un hijo autista. Así que esto que escribo no viene solo de los libros. Viene de las mañanas reales.
El origen de la frustración: las metas que no se ajustan a la realidad
Cuando trabajamos la autonomía con niñas y niños con diversidad funcional, a menudo tomamos como referencia guías y recomendaciones sobre lo que “deberían” hacer a cada edad. Ordenar los juguetes a los dos años, vestirse solos a los cuatro, preparar el desayuno a los ocho... Esas tablas están por ahí, circulan en grupos de madres y en mesas de profesionales. Y sin quererlo, nos convierten en juezas de nuestras propias familias.
El problema no es querer fomentar la autonomía. El problema es trazar esa meta sin contexto, sin mirar al niño o a la niña concreta que tenemos delante, y sin preguntarnos cómo están las personas que los cuidan.
Me puse a preguntar a madres con hijos e hijas sin discapacidad, de edades similares —entre seis y diez años—. La respuesta fue reveladora: sus hijos e hijas también se levantan con sueño, también olvidan recoger las tazas del desayuno, también se niegan a lavarse los dientes ciertos días. Y muchos niños y niñas siguen durmiendo con su madre o su padre.
Esto no minimiza las dificultades reales que tienen nuestros hijos e hijas. Un niño autista necesita más tiempo, más apoyos y más adaptaciones, especialmente en todo lo que tiene que ver con funciones ejecutivas: planificar, organizar, iniciar una tarea, sostenerla. Eso tiene un sentido lógico y no debe ignorarse. Pero sí nos invita a preguntarnos: ¿estamos comparando desde un lugar justo?
La inflexibilidad que criticamos en nuestros hijos e hijas… a veces también es nuestra
Algo paradójico ocurre cuando trabajamos con familias de niñas y niños autistas: hablamos mucho de la rigidez, de las rutinas muy marcadas, de la dificultad para adaptarse a los cambios. Y, sin embargo, las personas adultas a su alrededor —familias y profesionales incluidos— a veces somos quienes más exigimos que las cosas se hagan exactamente de una manera, en un tiempo fijo, sin variación.
Las rutinas son necesarias. Los horarios escolares son reales. Pero hay una diferencia entre sostener una estructura y convertirla en una jaula. Si solo vale que se laven los dientes de una determinada manera, en un orden exacto, sin ayuda, sin error y sin retraso... tenemos un problema. Y ese problema no está en el niño ni en la niña.
Herramientas para el camino: qué funciona de verdad
Fomentar la autonomía es un proceso lento, irregular y no lineal. Hay días brillantes y días en que parece que no hemos avanzado nada. Aquí van algunas claves que, desde la experiencia —propia y acompañada—, marcan la diferencia:
- Paciencia activa. Si estamos en un momento de mucho estrés, lo mejor que podemos hacer es parar. No por rendición, sino por estrategia. Una madre o un padre desbordado no puede acompañar bien. Reconocer ese estado es el primer paso.
- Persistencia sin perfeccionismo. Un día no se logra nada. Al día siguiente se vuelve a intentar. Eso no es fracaso, es el proceso normal del aprendizaje. La constancia a largo plazo importa más que el resultado de cualquier mañana.
- Reforzar el esfuerzo, no solo el resultado. “Gracias por intentar ponerte los calcetines” o “qué bien que has recogido el vaso” son frases que construyen. Señalar lo que sí se hace —aunque no sea perfecto— vale mucho más que corregir lo que falta.
- Reducir la corrección constante. Decirle a alguien “así no” una y otra vez no enseña. Genera frustración, ansiedad y resistencia. Cuidar el lenguaje que usamos con nuestros hijos e hijas es también una forma de cuidarlos.
- Adaptar, no forzar. Tener en cuenta las dificultades en funciones ejecutivas, las particularidades sensoriales, los ritmos propios. La autonomía no tiene una sola forma. Adaptarla a cada niño o niña es también fomentarla.
Las que cuidan también necesitan ser cuidadas
No podemos hablar de autonomía infantil sin hablar de las condiciones en las que se cuida. Y en nuestra sociedad, esa carga recae de manera desproporcionada en las madres y en otras cuidadoras principales. La corresponsabilidad real —en los hogares y en el sistema— sigue siendo una asignatura pendiente.
Cuando una madre lleva semanas con poca ayuda, mucha carga mental y escasos apoyos externos, pedirle paciencia infinita es injusto. No porque no la quiera tener, sino porque es humanamente imposible sostenerla sola.
Cuando acompañamos a familias, tenemos la responsabilidad de mirar también a quienes cuidan. Dar herramientas de crianza sin preguntarse cómo está esa madre, esa cuidadora, qué apoyos tiene... es una intervención incompleta.
Como profesional —y como madre— creo que una de las cosas más importantes que podemos hacer es visibilizar esta realidad. El estrés de las madres no es un fallo personal. Es, en gran parte, una respuesta lógica a un sistema que no cuida a quienes cuidan, que no reparte la carga de manera equitativa y que exige resultados sin ofrecer recursos.
Y si dejamos de comparar con un futuro que no conocemos
Una de las trampas más dolorosas en las que caemos quienes tenemos hijos e hijas con diversidad funcional es la anticipación angustiada. ¿Llegará a ser autónomo? ¿Qué pasará cuando yo no esté? Son preguntas legítimas, cargadas de amor. Pero cuando se convierten en el cristal a través del cual juzgamos cada mañana, cada logro y cada tropiezo... nos hacen un flaco favor.
No sabemos cómo será el futuro. Hacer suposiciones sobre él —especialmente negativas— es uno de los caminos más cortos hacia la culpa y el agotamiento. Lo que sí podemos hacer es estar presentes en el hoy y confiar en que cada pequeño avance importa, aunque no se parezca al de otras familias.
Una última reflexión: La autonomía no se construye a golpe de exigencia. Se construye poco a poco, con presencia, con adaptación, con sentido del humor cuando hace falta, y con la certeza de que nuestros hijos e hijas están aprendiendo a su ritmo —un ritmo que merece ser respetado. Y nuestro bienestar como madres y cuidadoras no es un lujo. Es una condición necesaria para poder acompañar bien.
Agradecimientos
Este texto no habría sido posible sin la generosidad y la honestidad de tantas personas que me han compartido sus experiencias más cotidianas y más íntimas.
Gracias a mis amigas, madres con y sin hijos e hijas con discapacidad, que me contaron sin filtros cómo son sus mañanas, sus miedos, sus logros y sus dudas. Vuestra honestidad es la que me permitió ver que no estábamos tan solas ni tan lejos unas de otras.
Y gracias, sobre todo, a las madres y familias que acompaño cada día. Cada conversación, cada mañana compartida, cada pregunta difícil que se atreven a hacerse en voz alta me enseña mucho más de lo que yo podría enseñarles a ellas. Este texto es también vuestro.

